Diócesis de San Cristóbal de Las Casas
Provincia de Chiapas

Los derechos humanos tienen su fundamento en la verdad ontológica del ser humano que tiene que ver con su dignidad desde el momento de su concepción hasta el término de su vida. Las Sagradas Escrituras desde el principio hasta el final nos presentan al Dios de la Vida. El proyecto de Dios para la humanidad es la vida plena. El primer capítulo del Génesis nos narra el origen de la creación sin pretender ser de manera alguna  una teoría científica sino más bien la descripción de aquella utopía que pueda orientar la historia.

Dios se revela también como el libertador y defensor de un pueblo sometido a la esclavitud. No existe ningún pasaje bíblico que afirme lo contrario: “Yo he visto la humillación de mi pueblo en Egipto, y he escuchado sus gritos cuando lo maltratan sus capataces. Yo conozco sus sufrimientos. He bajado para liberarlo y hacerlo subir a un país grande y fértil… ”  (Éxodo 3,7-8)

El pueblo para aprender a vivir en libertad recibe un código que le da derecho al descanso: “Seis días trabajarás y en ellos harás todas tus faenas; pero el séptimo día es día de descanso… no harás en él trabajo alguno ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu ganado, ni el extranjero que habita contigo...  (Éx 20, 9–11. Dt 5, 12–15)

Estas normas exigen la solidaridad y el respeto de la viuda, del huérfano y del forastero. Evitan que alguien se haga dueño de grandes posesiones y despoje a sus hermanos de los bienes necesarios. Las leyes del año sabático y de los jubileos impedirían las injusti­cias y arbitrariedades.

Cuando los reyes, los príncipes, los terratenientes, se olvidan de los derechos del pueblo, se alzan fuertes las voces de los profetas para recordar que quien despoja al pobre y humilde rompe el designio de Dios, le quita la tierra y la libertad a sus hijos. Así Amós reclama los enga­ños y extorsiones al pobre que lo obligan a venderse por unas sandalias (Am 8, 5s) y Oseas denuncia a los acaparadores de la tierra y les recuerda que ellos no son los dueños (Os 2, 8–14). Los frutos de una viña amada, cuidada, rodeada de delica­dezas, debían ser dulces y agradables, sin embargo se convierten en gritos de dolor por las injusticias de quienes “añaden campos a sus campos hasta no dejar sitio a nadie” (Is 5, 1–10) El Señor no puede dejar en el olvido estos crímenes que reclaman los profetas. Hay dos situaciones concretas que resaltan los profetas por una parte es la condena de quienes se han adueñado de la tierra de los pobres con engaños, con injusticias y trampas, pero por otra parte también hay una gran esperanza de poder construir una nueva tierra que sea “casa de todos”.

Los encargados de la religión judía defendían a ultranza los derechos de Dios por encima de todo, por eso se enfrentaron a Jesús por violar el día sagrado. Jesús les dice que lo primero es la vida del ser humano, que el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado. Se cumple con el precepto divino solo cuando se respetan los derechos humanos. La oferta de Jesús es la vida digna y abundante para su pueblo. Nunca quiso el sufrimiento ni para él ni para nadie. Dedicó su vida a combatirlo: curó las heridas de la humanidad, luchó contra toda clase de injusticias, combatió la miseria, la marginación y la desesperanza.  Vivió entregado a buscar el reino de Dios y su justicia. Otro mundo distinto, digno y dichoso donde nadie quede excluido.

Jesús aprendió a vivir en un clima de inseguridad, conflictos y acusaciones. Día a día se fue reafirmando en su misión y siguió anunciando con claridad su mensaje humanizador. No huye ante las amenazas; no modifica su propuesta de vida digna para todos, ni se desdice de sus afirmaciones en defensa de los últimos. Le habría sido fácil evitar la ejecución. Habría bastado con callarse y no insistir en lo que podía irritar en el templo o en el palacio de Herodes. No lo hizo. Siguió su camino. Prefirió ser ejecutado antes que traicionar su conciencia y ser infiel al proyecto de Dios, su Padre. Morirá rechazado, como un excluido, pero con su muerte confirmará lo que ha sido su vida entera: confianza total en un Dios que no rechaza ni excluye, porque quiere la plenitud de vida del ser humano ya desde ahora.

Jesús sigue vivo en su pueblo para hacer realidad el reino de Dios y su justicia, identificándose con los más pobres y despreciados y con los que luchan por los derechos humanos, por otro mundo posible. Los seguidores de Jesús descubrimos el Misterio último de Dios encarnado en su amor y entrega extrema al ser humano. En el amor de ese crucificado está Dios mismo presente en todos los que sufren, los que gritan contra todas las injusticias y los que siguen dando su vida para que otros tengan vida. En este Dios se puede creer o no creer, pero quien lo ha aceptado deberá seguir su misma ruta. Junto con él nadie nos detendrá en el camino para respetar y defender los derechos de sus hijos e hijas.

 

 

 
 

FUNDAMENTO TEOLOGICO DE LOS DERECHOS HUMANOS

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