Era un perro más corriente que común, como de esos tantos que se encuentran en las colonias: famélico, chaparro y flaco, de un color blanco percudido, con manchas negras, lo que le valía su nombre de Pinto. Doña Petra, portera de una vieja vecindad, señora gorda y fea que, no teniendo quien la amara, crió a este triste animalito desde que era cachorro. Con calma maternal le daba pedazos de tortilla para acostarlo luego en un rincón dentro de una caja de cartón. Su vida era sedentaria; no salía del zaguán de la casa, porque sentía un temor invencible por los transeúntes, los coches y los perros más grandes que él. Cuando el ama salía, lo dejaba encerrado, y más de una vez se oyeron tras la puerta aullidos lastimeros a los que respondían frases groseras de los vecinos nerviosos.

Vivían en esa vecindad varios niños que muy pronto se hicieron amigos del perro, lo colmaron de cariños, lo hicieron corretear por el corredor, enseñándole y escondiéndole un pañuelo que desgarraba a mordiscos. Todo lo sufría el buen amigo; que lo ensillaran, lo vistieran de muñeco, lo hicieran tirar de un carrito de palo lleno de ladrillos, que lo forzaran a saltar por el mango de una escoba, o hacer de toro y hasta de verdugo, cuando alguna rata infeliz salía de su agujero.

Pero llegó el día en que Doña Petra se fue de la casa y nunca volvió. Los nuevos inquilinos no quisieron adoptar al perro y lo echaron de la vecindad. ¡Pobre Pinto! Pasó días enteros en las calles oliendo todos los rincones buscando a su ama y aullando en la puerta de la antigua vecindad. ¿Quién le daría de comer ahora?; Si se detenía en la puerta de una fonda, le aventaban un balde de agua fría; si iba a una carnicería lo pateaban; si hallaba un hueso, se lo arrancaba otro chucho hambriento. ¿Qué hacer? Caminar sin rumbo. Anduvo calles y más calles, fatigado, sudoroso, sediento y con hambre buscando su comida en los basureros; cazaba moscas al bueno y saciaba su sed en los charcos pestilentes. Cuando llegaba la noche dormía hecho rosca en el umbral de una vieja iglesia.¿Para qué había nacido? ¡Sin nadie que le diera tan siquiera un poco de cariño.

Una mañana lo llamó un señor y le arrojó un pedazo de carne. ¡Al fin! Sí, sí; había indudablemente un espíritu protector de los hambrientos; sintió una embriaguez de placer al aspirar el aroma tibio de aquella pulpa, y ¡era fresca! y la comió con glotonería. Pero muy pronto un fuego devorador comenzó a circular por sus venas, parecía que desgarraba sus entrañas, sus miembros se estremecían en dolorosas convulsiones; tambaleaba como un ebrio y, por fin, se desplomó. ¡Lo habían envenenado!

¡Qué cuadro!Las mujeres curiosas que salían de misa se entretenían mirándolo como yacía en el lodazal con la cabeza caída, los ojos desorbitados, el hocico babeante con la lengua de fuera, la respiración sofocada, y las patastemblorosas. Ni una queja, ni un ladrido... Los niños de la vecindad que iban a la escuelatambién se detuvieron, para presenciar su agonía con gran tristeza, dejando oír un murmullo:¡Pobrecito y se parece al Pinto! Era el mismo Pinto que después de un último sacudimiento quedó inmóvil. El carro de la basura fue su carroza fúnebre y el muladar su cementerio. Ahí, bajo montones de ceniza, cascarones de huevo, zapatos rotos, harapos y calcetines agujereados y malolientes, fue arrojado junto a unos vidrios de botellas rotas.Las sombras de la noche se extendían cubriendo el cuerpo del Pobre Pinto que yacía sin tumba y sin epitafio.

Hoy día se repite la historia; el sistema neoliberal capitalista ¿a cuántas personas ha convertido en desecho lanzándolas a la calle para vivir la suerte del pobre pinto? Pero el drama mayor es que este mismo sistema ha generado como dice el Papa Francisco la globalización de la indiferencia aun en aquellos que todavía se dicen cristianos pero su corazón hace tiempo  olvidó  la compasión.

POBRE PINTO