Diócesis de San Cristóbal de Las Casas
Provincia de Chiapas

Había un hombre que tenía un campo de cuatro hectáreas, pero  él quiso cultivar solo una; abandonó las otras tres, donde pronto creció la maleza y toda clase de bichos. Cada día trataba de mantener esa hectárea en la mejor forma, ahí dedicaba su tiempo y su energía; pronto vio los resultados; crecieron hermosas flores, aquello era un verdadero jardín, todo parecía que iba muy bien, pero una mañana para su sorpresa las hojitas de las flores se comenzaron a poner amarillas; inmediatamente trató de remediar el asunto; pensó que el terreno se había apretado, agarro su azadón y aflojó la tierra; al siguiente día las flores comenzaron a ponerse tristes, había más hojas amarillas, pensó que tal vez les faltaría agua, y pasó todo el día regándolas.

Iban pasando los días y el jardín que en un tiempo lucía tan verde y lozano ahora estaba agonizando, puso al pie de cada plantita un rico abono natural pensando que sus flores se estaban muriendo de hambre, nada logró, muy poco pudo cosechar de  aquella parcela tan estimada, de nada habían servido tanto trabajo y dedicación, no hubo respuesta a tanto esfuerzo. 

Un día descubrió con asombro que en las otras tres hectáreas que había dejado sin cultivar entre los matorrales se escondían unos bichos que sin duda eran la causa del desastre de su querido jardín. Y fue hasta entonces cuando se le ocurrió que no era suficiente con cultivar una hectárea, era necesario hacerlo con las otras tres.

Nuestro corazón es mucho más ancho de lo que nosotros pensamos. Nosotros hemos alambrado un pedacito de nuestro corazón y pretendemos allí vivir nuestra fidelidad a Dios. Nos hemos decidido a cultivar sólo un trozo de nuestra tierra fértil. Y hemos dejado en el abandono el resto, lo hemos convertido en un campo bruto que sólo es pastizal de guarida par a nuestros bichos silvestres. Hemos trabajado con cariño y con imaginación ese trozo alambrado. Tal vez hemos logrado un jardín con flores y todo; y para ellos hemos rodeado con un tejido que lo hacía inaccesible a toda nuestra fauna silvestre. Y nos ha dolido la sorpresa de ver una mañana que alguno de los bichos ha invadido nuestro jardín y ha hecho destrozos. Y la dolorosa experiencia de la presencia de ese bicho nuestro, introducido en nuestra parte cultivada, llegó incluso a desanimarnos y a quitarnos las ganas de continuar. Es la experiencia del corazón sorprendido y dolorido.

Y no pensamos que a lo mejor a Dios también le dolía el corazón, viendo que tanta tierra que él nos había regalado para vivir en ella un encuentro con él, había quedado sin cultivar. Que nosotros le habíamos cerrado el acceso a gran parte de nuestra tierra fértil.

Y es entonces cuando Dios nos obliga a reconocer nuestra mediocridad, a no contentarnos con lo poco, y a trabajar la parte de nuestro corazón que no hemos querido cultivar para que urgido por la dura experiencia de nuestro pecado podamos atender la parte que nos falta. Nos resistimos a hacerlo porque cuesta dar más, nos sentíamos satisfechos, plenamente inmunes, puros, con buena apariencia de cristianos. Nos cuesta aceptar  que  la mayor parte de nuestro corazón aún no está evangelizado. Que hay rincones de nuestra vida donde todavía no ha llegado la buena noticia de Jesús. Porque Dios se ha comprometido con todo nuestro corazón y quiere salvarlo completo. 

CULTIVEMOS TODO

NUESTRO JARDIN