Diócesis de San Cristóbal de Las Casas
Provincia de Chiapas

Jesús les dice a sus discípulos: No tengan miedo…

Existe un miedo que forma parte de nuestra naturaleza, de nuestro instinto de conservación y es algo positivo porque nos pone en alerta ante un peligro. Es algo bueno porque  su objeto primero es defender la vida biológica; sea huyendo, sea liberando energía para enfrentarse a la amenaza. Este miedo es natural y sería inútil luchar contra él.

Hay otra clase de miedo que es aprendido racionalmente, nos lo pueden trasmitir en el círculo familiar o social en donde se desarrolla nuestra vida. Puede incluso llegar a enfermarnos… Este miedo nos limita, nos paraliza, nos impide crecer, madurar como personas y no  desarrollar nuestras posibilidades de realización humana.

También surge el miedo cuando hay temor de perder lo que queremos conservar, o no conseguir lo que queremos alcanzar; todo esto es la consecuencia de nuestros apegos egoístas a las cosas materiales o  a una falsa imagen de nuestro yo.

El miedo también es explotado por empresas que se dedican a toda clase de seguros, o por la propaganda comercial que nos promete falsas seguridades si entramos en la carrera del consumo. De igual manera algunas religiones, que explotan a sus seguidores vendiéndoles paraísos y amenazándolos con castigos eternos. El miedo es el instrumento más eficaz para dominar a los demás. Todas las autoridades lo han utilizado siempre para conseguir la docilidad de sus súbditos. A las masas se les domestica con pan y circo y si no funciona se utiliza la represión.

Ante esta realidad hoy Jesús nos invita a no tener miedo. El lanza a sus discípulos a la misión: a construir un mundo nuevo en medio de tantas adversidades. Ellos se sienten llenos de limitaciones, no tienen tanta formación académica, no saben hablar, deberán enfrentarse a la bestia, al dragón de las 7 cabezas. Además Jesús les advierte de antemano que la tarea no es nada fácil,  no les prometa un camino de rosas. No se trata de confiar en que no pasará nada desagradable, o de que si algo malo sucede, el los sacará del apuro como por arte de magia. Se trata de poner en él toda la confianza, descubrir sus verdaderas posibilidades y lanzarse a la aventura con fe. El miedo es lo más contrario que podamos imaginar a la fe-confianza.

Jesús nos invita a no tener miedo de nada ni de nadie. Ni de las cosas, ni de Dios, ni siquiera de ti mismo. Confiar en Dios es confiar en su proyecto de vida, en su acción que realiza a través de nuestro propio ser con sus circunstancias. Dios es el fundamento de nuestro propio ser y podemos estar tan seguros de nosotros mismo como Dios está seguro de sí. Por grande que sea el motivo para temer, siempre será mayor el motivo para confiar.

Dios es Señor de la historia, su poder lo ejecuta constantemente en cada persona, en el curso de los acontecimientos. Dios no está desde fuera manejando a capricho su creación. Está implicado en ella, actúa en su interior.

La confianza en Dios tiene que ver: con la buena educación que los padres deben dar a sus hijos lejos de falsos temores, de no caer en la trampa de quienes quieren mantenernos cautivos de sus intereses económicos, políticos o religiosos, de confiar que a pesar de tantas amenazas a la madre tierra de parte de las potencias depredadoras, todavía existe una reserva de humanidad desde donde Dios sigue dirigiendo la vida.  

Todos los miedos se resumen en el miedo a morir. Si fuésemos capaces de perder el miedo a la muerte, seríamos capaces de disfrutar intensamente la vida. Todo lo que tememos perder con la muerte, es lo que teníamos que aprender a abandonar durante la vida. La muerte solo nos arrebata lo que es pasajero, terrenal, caduco, lo que nunca podemos retener egoístamente. Temer la muerte es temer perder todo eso. Es un contrasentido intentar alcanzar la plenitud y seguir temiendo la muerte. En el evangelio está hoy muy claro. Aunque te quiten la vida, lo que te arrebatan es lo que no es esencial para ti.

NO TENGAN MIEDO

Diócesis de San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, México, 2017.